inicio > por autor > David García Villarroel
El clásico cuaderno Moleskine se caracteriza por sus cubiertas de cartoné de puntas redondeadas, hojas de papel sin ácido, un pequeño bolsillo interno extensible de cartón, así como una goma negra que sirve para cerrarla.

Este cuaderno empezó a fabricarse en pequeñas fábricas en Francia y rápidamente se puso de moda entre artistas e intelectuales. Se convirtió en una libreta mítica utilizada por Van Gogh, Matisse, Hemingway, Picasso, Ernest Hemingway, Bruce Chatwin, Neil Gaiman, etc. Al final, la demanda la convirtió en un cuaderno casi de culto, difícil de encontrar en las papelerías parisinas de finales del siglo pasado.
Quiero utilizar uno de los ejemplos de nuestro colega Donald A. Norman, para comentar algunas de las variables de las que dependen nuestras sensaciones y como éstas influyen en nuestra percepción.
¿Alguna vez os ha pasado?, lavas el coche, está reluciente, y piensas… suena mejor, corre más, incluso, ¡seguro que consume menos!.
Es difícil pensar en la usabilidad de un producto, sin tener en cuenta la tecnología empleada por ese producto para que alcancemos nuestros objetivos. Hasta hace unos años, los productos eran simples herramientas, más o menos sencillas, que tenían una única misión: ser de utilidad para que el usuario alcanzase su objetivo (que no es poco).
Todos los días nos encontramos con nuevos productos repletos de funcionalidades, aunque por desgracia, estas mismas funcionalidades hacen que en muchas ocasiones nos sintamos “torpes” a la hora de utilizarlos.
La pregunta del millón, ¿Cómo conseguir que un producto sea fácil de usar?, pongamos un poco de luz al asunto…